Cuando en el año 2004 se pensó en la iniciativa de crear un Instituto de Educación superior que realmente brinde una educación adecuada y eficiente con lo necesario tanto en lo académico, científico y netamente en lo tecnológico en carreras profesionales dentro del área de salud se pensó en que deberíamos tener un nombre acorde con esa labor y entrega que en adelante se desplegarían en nuestras aulas y en adelante reflejarían nuestros futuros profesionales en sus distintos centros laborales. Razón por la cual se escogió el nombre de “ALBERTO EDWARD BARTON THOMPSOM”. Es así que, finalmente se decidió nuestro nombre como institución el cual a la fecha en mérito a lo dispuesto por la ley 29394 Ley de Educación Superior Tecnológica es INSTITUTO DE EDUCACIÓN SUPERIOR TECNOLÓGICO PRIVADO “DE SALUD ALBERTO BARTON THOMPSOM” – CAJAMARCA; el mismo que se resume en las siglas ABAT; Ello como reconocimiento al mencionado Médico Bacteriólogo, Laboratorista e investigador peruano quien trabajó incansablemente más de diez años, para encontrar, al agente patógeno de la Enfermedad de Carrión hoy, Bartonelosis, enfermedad propia de nuestros valles interandinos.
Catorce pacientes con fiebre y anemia fueron estudiados por Barton. El descubrió bacilos en sus eritrocitos. Si el paciente se recuperaba de la fase aguda, observó que los bacilos cambiaban de forma a concoides y si el paciente desarrollaba las lesiones verrugosas (característica de la verruga peruana) ya no se podían observar bacterias en sangre periférica.
El 5 de octubre de 1905, durante una reunión científica, anunció su descubrimiento.
El primer manuscrito fue publicado en 1909 en la revista científica «Crónica Médica». En 1913, Richard Strong de la Universidad de Harvard, llegó al Perú al mando de una misión científica cuyo objetivo era el estudio de las enfermedades tropicales en Sudamérica. Strong confirmó el descubrimiento de Barton y llamó a la bacteria Bartonia en honor a Barton y posteriormente fue llamada Bartonella bacilliformis.
Descubrimiento que como todo acto científico: no fue obra de azar, sino, de un sinnúmero de sinsabores, piedras en el camino, contrariedades e incredulidad de muchos y votos de confianza de pocos. Con la sencillez que caracteriza a los hombres grandes, toda su obra la consagró al servicio de su ciencia, a la humanidad.